El sistema educativo en Finlandia
18 noviembre, 2010

Un programa de Los reporteros de Canal Sur emitió este documental sobre “el sistema educativo mejor valorado del mundo”. 12 minutos que valen la pena.
Puedes verlo en la web de Canal Sur

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Faltan monitores, sobran predicadores
20 junio, 2010

Durante muchos años se nos ha repetido que los problemas educativos tenían un origen económico. “Hacen falta más inversiones, más recursos y más dinero”, repetían los sindicalistas y los expertos en no se sabe muy bien qué, pero el tiempo parece demostrar que la falta de recursos económicos no explica los dramáticos fracasos de nuestra enseñanza. Si sólo un cinco por ciento de los escolares de Primaria en Balears sabe resumir un texto, eso significa que un gran número de alumnos rozan el analfabetismo funcional, pero por alguna razón misteriosa los debates educativos sólo se centran en temas como la financiación o la lengua o la enseñanza de la Religión (como si la Religión pudiera enseñarse, dicho sea de paso). Y además, la izquierda intelectual que tanto protesta contra los crímenes franquistas guarda un inexplicable silencio sobre la enseñanza. El caso es que nadie parece fijarse en lo esencial y todo el mundo se aferra a los tópicos.
Para empezar, no se puede afirmar que el origen de los problemas sea la falta de financiación, porque la enseñanza pública recibe una ingente cantidad de recursos. Según leo en un artículo de Julián Ruiz-Bravo y Arturo Muñoz, en los centros educativos de ESO hay coordinadores de Medio Ambiente, de Solidaridad, de Lingüística, de Actividades Extraescolares, de Riesgos Laborales y de Convivencia. Es cierto que podría añadirse un coordinador de Ball de Bot y otro de Alimentación Macrobiótica, pero parecen muchos coordinadores para unos alumnos que terminan la Enseñanza Primaria sin ser capaces de resumir un texto muy simple con un mínimo de coherencia. ¿Para qué sirven los coordinadores de Riesgos Laborales? ¿Y los de Solidaridad? A lo mejor convendría que se pusieran a enseñar a sus alumnos a escribir una frase con sujeto, verbo y predicado. O a interpretar un cuento fantástico. O a resumir por escrito una película que hayan visto. O a memorizar una canción, aunque fuera un rap. O mejor aún, a inventarse un rap.
Mi impresión es que el problema más grave de la educación no es económico, sino de una pésima concepción global y de una lamentable falta de motivación, tanto por parte del profesorado como de los alumnos. Se enseñan demasiadas materias superfluas y se descuidan los conocimientos elementales. Cada vez que ayudo a mi hijo a hacer los deberes, me pregunto cómo puede interesarse por las materias que le hacen aprender. De los programas ha desaparecido la geografía física (montañas, ríos, lagos), que ha sido sustituida por un concepto nebuloso que recibe el nombre de “Conocimiento e Interacción con el mundo físico”, tras el cual se esconden temas como el alcantarillado o las elecciones municipales, materias apasionantes que harían dormirse de pie a un cocainómano. Y además está la obsesión enfermiza por lo próximo y lo autonómico. Para nuestros programadores educativos, por ejemplo, Lloseta es más importante que el río Amazonas, aunque cualquier niño normal se sienta fascinado por el río Amazonas y más bien desanimado por los atractivos –sin duda innegables– de Lloseta. Pero nuestras obsesiones identitarias nos llevan a estos absurdos. Algún día se deberá hacer un cálculo de los disparates educativos que se han cometido en nombre de la sagrada e intocable Identidad.
También creo que la selección del profesorado se hace con criterios erróneos. Mientras no se valoren la imaginación, el humor, el entusiasmo o la capacidad de improvisar, los alumnos tendrán que soportar a muchos profesores que no creen en lo que hacen ni sienten ningún interés por la materia que explican. Por suerte, guardo una imagen que es la mayor lección que se puede recibir en un centro educativo. La protagonizó el profesor Josep Antoni Grimalt, el día que entró en clase a toda prisa, acalorado y excitado porque acababa de comprar un libro de lingüística de Eugenio Coseriu. A mí no me gusta la lingüística, pero nunca olvidaré el gesto sensual con que el profesor Grimalt acariciaba el libro. “Ara, en sortir de classe, el començaré a llegir, i no em dormiré, estic segur, fins que l´hagi acabat”. Ese entusiasmo de un profesor vale por mil coordinadores de Riesgos Laborales, aunque estoy seguro que en nuestros centros educativos hay que soportar a mil coordinadores de Riesgos Laborales antes de encontrarse con un gesto tan simple como ése de acariciar un libro. ¿O no?

Eduardo Jordà: Los clichés de la enseñanza

De acuerdo en el diagnóstico: el fracaso escolar no tiene que ver con la inversión económica en la ineficiencia del sistema desde un punto de vista de optimización de recursos.
En desacuerdo con el tratamiento: no es cierto que se necesiten profesores más entusiastas. Ya me gustaría ver al doctor Grimalt en un aula de primaria o secundaria.
Este es un punto de vista típicamente universitario, culturalista o ideológico en el sentido negativo del término. Lo peor es que la mayoría de legislaciones se han hecho y se hacen desde este planteamiento ajeno a la realidad del aula.
Desde mi punto de vista, la clave del fracaso está en la absoluta falta de seguimiento. No hay control de calidad, caso único en el ámbito profesional. De ahí la impunidad, el secretismo, el abuso. Los gobiernos y administraciones educativas no ejercen su responsabilidad y se atrincheran detrás de estadísticas, sin intervenir ni siquiera en los casos más clamorosos y persistentes de abandono familiar o absentismo académico entre los profesores. Enseñanza gratuita a cambio de un pacto de silencio que se traduce en un ejercicio cotidiano de supervivencia.
Remedios:
1. Importar el sistema finlandés en el cual los maestros y profesores son escogidos y entrenados de forma específica y rigurosa. Aquí se escoge por baremo, o en una oposición que otorga la plaza de por vida.
2. Establecer mecanismos de seguimiento y jerarquías de confianza. Aquí nadie se atreve a valorar el trabajo de un profesor o denunciar formalmente a los padres que se inhiben y boicotean el trabajo de la escuela. Sobran inspectores, asesores y universitarios que digan cómo hay que enseñar, y faltan profesionales que entrenen a los profesores. No en cursos sino en el aula y con alumnos (vagos, indiferentes, absentistas, mal educados…) de verdad. Faltan monitores y sobran predicadores.

El sistema escolar finlandés
11 mayo, 2010

Autor: Javier Melgarejo, director del Colegio Claret de Barcelona

Me quedo con estas propuestas de cambio en nuestro sistema:
1. Servicios de atención sanitarios dentro y fuera de las escuelas
2. Servicios sociales y ayudas económicas a madres para conciliar familia y escuela
3. Mejores profesores en competencia lectora, en los primeros niveles eduactivos
4. Mayor autonomía: la escuela como comunidad educativa innovadora
5. Profesionalización de la función directiva
6. Selección del profesorado previa a la Universidad

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fracaso escolar sostenible
25 abril, 2008

El fracaso escolar ya forma parte de nuestra geografía desarrollista y postmoderna: cáncer, paro, fracaso escolar, tres de los déficits estructurales con los que convivimos sin sorprendernos ni siquiera rebelándonos.

El fracaso escolar está emparentado con la tasa de desempleo: el sistema no da para tantos.
Hace ya tiempo que aceptamos que el pleno empleo es imposible. Es incompatible con la sociedad postindustrial. No hay trabajo para todos, y todas las sociedades desarrolladas asumen esta carencia; unas mejor que otras, en función de la orientación social de sus gobiernos.

Pero todavía los políticos insisten en luchar contra el fracaso escolar, como si tal empresa fuese posible.
No lo es, por mucho que proporcione votos esta bandera o que tenga efectos terapéuticos sobre nuestra conciencia colectiva.

El fracaso escolar es, como el paro, consustancial a nuestra sociedad actual neocapitalista. Combatirlo de verdad es demasiado caro, más allá de apaños y parches.
Ningún gobierno está dispuesto a acercarse a la “solución finlandesa”: multiplicar por cuantas veces haga falta el presupuesto de Educación hasta proporcionar plena asistencia social a las familias con hijos en edad de escolarización.

Hoy día, los alumnos son hijos abandonados. Los padres están demasiado ocupados o cansados para mantenerlos en constante observación y proporcionarles el soporte adecuado, lo cual es una mezcla de tiempo, cariño y exigencia. Crecen solos o aparcados.
Y su conducta en el colegio se limita a ser coherente: insisten en comportarse como niños aparcados.

Cambiar esto supone una inversión millonaria por parte del Estado pero también acabar definitivamente con la fantasía que ahora nos confunde e inhibe, como hacen las pésimas coartadas.
Lo primero debe ser aplicar el principio de realidad al sistema escolar. Lejos de alimentar utopías ingenuas, empecemos por admitir que el fracaso escolar es un parámetro, parecido a la contaminación, el desequilibrio Norte/Sur, la obesidad, el estrés, la desestructuración familiar, el deshielo de los Polos o los flujos migratorios.

Lo mismo que en economía o ecología se rehúyen los maximalismos para asumir el concepto de sostenibilidad, igualmente en el complejo fenómeno del sistema escolar actual.
Hablemos de fracaso escolar sostenible.

la solución finlandesa
9 abril, 2008

Es común referirse a Finlandia como esperanza de salvación. Mito al fin y al cabo porque nadie ha vivido en Finlandia como para contarlo sin que sea de oídas o leídas; a lo más, algún amigo de una amiga de otro colegio o instituto que estuvo unos días con un Comenius visitando unas cuantas aulas entre excursión y visita a la ciudad.
Finlandia, el Santo Grial que pocos nos molestamos en conocer ni investigar, seguro que porque en el fondo sabemos que allá no es acá. No sólo es que no somos finlandeses, es que nuestra vida debe tener muy poco que ver con la suya. Ni el clima, ni la comida. Por no hablar de la lengua: el finlandés ni siquiera es indoeuropeo.
Finlandia, un país extraterrestre. Una coartada casi perfecta: nos anima a no tirar la toalla sin obligarnos a ningún compromiso. Incluso nos alivia: en realidad, no cambiaríamos su éxito escolar por nuestra sangría o nuestra siesta o nuestros largos días de luz mediterránea en los que divagar sobre cómo arreglar el mundo.