Niños sobreprotegidos pero abandonados

La mayoría de preadolescentes que observo y trato en el Instituto tienen un cierto estatus. Sus familias no quieren que sean menos y les dan dinero para la merienda o los visten a la moda. Y les compran el móvil, a veces de contrato.

Una vez recriminé a un alumno de 14 años que llevase una camiseta con un eslógan estampado de carácter pornográfico. Un juego de palabras (“Hoy follo… mañana fatatas” o algo así) si se quiere ingenioso y hasta ingenuo pero totalmente inadecuado como vestimenta escolar, y añado ahora que el chico era repetidor de 1º de ESO y estaba suspendiendo 8 asignaturas. Al razonar con él sobre tal indumentaria, se mostraba reacio a aceptar ni uno solo de mis argumentos. Es más: ponía cara de sorprendido. ¿A qué venía tanto escándalo por mi parte? Le dije que fuese a casa a cambiarse de camiseta. Que no tenía dinero para el bus. Yo te lo dejo, le ayudé… En fin, un diálogo de besugos hasta que me contó que había ido a comprar la camiseta con su madre.
La llamé, le conté el uniforme y me confirmó, igualmente sorprendida, la versión. No imaginaba que algo así estuviese prohibido, decía.

Nilños sobreprotegidos, mimados, consentidos. Que no se angustien, que no se depriman, que no se enfaden. Las mamás y papás acuden al Instituto en calidad de abogados defensores, si no de fiscales contra tal o cual profesor o norma. Papás y mamás que quieren ser comprensivos, tolerantes, pacientes, amistosos. “Que sea en la vida lo que quiera, con tal de que sea feliz”
Niños incapacitados para el dolor, el sufrimiento, la represión, la negación, los contratiempos, el sacrificio. Niños obligados a ser felices.

Pero por otra parte, niños abandonados. Sin papá ni mamá que esté junto, al lado de, cerca de, encima de. Exigiendo, controlando, acompañando.
Niños que se pasan solos (a veces incluso físicamente) horas y horas en casa o la calle por las tardes. En todo caso, hablando por el móvil o el Messenger con amigos e intermediarios. O pululando juntos de portal en portal. Abandonados a su desorientación existencial, a su debilidad síquica, a su vulnerabilidad afectiva, a su pereza, a su programa artificial de felicidad.
Consumidores de tele, se echan una siesta, comen tarde y mal: niños salvajes, financiados por unos papás que tienen que trabajar para mejorar el tren de vida, por unas mamás solteras que no llegan casi a fin de mes.

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