fracaso escolar sostenible

El fracaso escolar ya forma parte de nuestra geografía desarrollista y postmoderna: cáncer, paro, fracaso escolar, tres de los déficits estructurales con los que convivimos sin sorprendernos ni siquiera rebelándonos.

El fracaso escolar está emparentado con la tasa de desempleo: el sistema no da para tantos.
Hace ya tiempo que aceptamos que el pleno empleo es imposible. Es incompatible con la sociedad postindustrial. No hay trabajo para todos, y todas las sociedades desarrolladas asumen esta carencia; unas mejor que otras, en función de la orientación social de sus gobiernos.

Pero todavía los políticos insisten en luchar contra el fracaso escolar, como si tal empresa fuese posible.
No lo es, por mucho que proporcione votos esta bandera o que tenga efectos terapéuticos sobre nuestra conciencia colectiva.

El fracaso escolar es, como el paro, consustancial a nuestra sociedad actual neocapitalista. Combatirlo de verdad es demasiado caro, más allá de apaños y parches.
Ningún gobierno está dispuesto a acercarse a la “solución finlandesa”: multiplicar por cuantas veces haga falta el presupuesto de Educación hasta proporcionar plena asistencia social a las familias con hijos en edad de escolarización.

Hoy día, los alumnos son hijos abandonados. Los padres están demasiado ocupados o cansados para mantenerlos en constante observación y proporcionarles el soporte adecuado, lo cual es una mezcla de tiempo, cariño y exigencia. Crecen solos o aparcados.
Y su conducta en el colegio se limita a ser coherente: insisten en comportarse como niños aparcados.

Cambiar esto supone una inversión millonaria por parte del Estado pero también acabar definitivamente con la fantasía que ahora nos confunde e inhibe, como hacen las pésimas coartadas.
Lo primero debe ser aplicar el principio de realidad al sistema escolar. Lejos de alimentar utopías ingenuas, empecemos por admitir que el fracaso escolar es un parámetro, parecido a la contaminación, el desequilibrio Norte/Sur, la obesidad, el estrés, la desestructuración familiar, el deshielo de los Polos o los flujos migratorios.

Lo mismo que en economía o ecología se rehúyen los maximalismos para asumir el concepto de sostenibilidad, igualmente en el complejo fenómeno del sistema escolar actual.
Hablemos de fracaso escolar sostenible.

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