La educación en las nuevas potencias mundiales

2 febrero, 2011 - Una respuesta

Escribe Javier Navaro en El blog salmón:

Un documental americano llamado 2 millones de minutos cuenta sobre la forma en la que seis estudiantes de instituto hacen con su tiempo en los 4 años antes de entrar en la universidad, cada uno tiene dos millones de minutos ¿Cómo los gastarán?. Estos estudiantes están dos en EEUU, dos en China y dos en la India.

Básicamente vemos que mientras que los estudiantes chinos e hindúes se esfuerzan en entrar en universidades de élite (IIT, Yale, etc), se ve a los americanos haciendo deberes a última hora o “estudiar” mientras que ven la tele. Además incluye entrevistas a expertos comentando como la competitividad de los estadounidenses se está deteriorando por su mal sistema educativo. Eso sí, un sistema educativo que les sube la autoconfianza.

Porque en el sistema educativo americano lo que hace falta no es dinero, de hecho se están haciendo gastos que son bastante discutibles y hay gente muy bien pagada en las universidades (aunque no tengan un rol académico). Pero en cambio los alumnos dedican cada vez más tiempo a ver la tele y a videojuegos, algo falla.

Además recientemente se ha publicado un libro en EEUU en el que explican como las madres americanas de origen chino exigen mucho más a sus hijos que las occidentales, lo que les acaba forzando a estudiar más y a obtener mejores resultados académicos.

Y no es que el sistema educativo deba ser tal como es en China, de hecho es un sistema educativo que parece fomentar la memoria en exclusiva y prácticamente se olvida de la creatividad (bastante importante en una economía del conocimiento). Pero estos sistemas están dando buenos resultados, hay un buen artículo en Nada es gratis describiendo el sistema educativo de Shangai, que ha dado los mejores resultados en PISA en matemáticas.

A todo esto, me pregunto ¿qué pasa con España? Nuestro sistema educativo tiene muchos problemas. No da buenos resultados y tenemos a políticos cuya única solución parece ser culpar al sistema educativo que había hace 35 años y comprar ordenadores. Además, no es un sistema educativo que fomente la creatividad ni de lejos, el sistema americano la fomenta, pero el español ni obtiene buenos resultados en creatividad. No tenemos ni lo uno ni lo otro, sólo profesores que no pueden dar clase.

Los autores del documental no parecen abogar como solución por un sistema educativo al estilo chino o al estilo hindú, de hecho el próximo documental del autor será sobre el sistema finlandés. Bastante interesante y probablemente el más efectivo por estudiante.

Lo que me preocupa de todo esto es que el debate sobre nuestro sistema educativo se está abandonando por otro montón de debates ridículos y el debate sobre la crisis. En cambio cada vez se gasta más (lo último son ordenadores y esa pretensión de que profesores que no son bilingües conviertan a sus alumnos en tales) y los resultados se quedan igual o empeoran. Y un sistema educativo bueno es clave para nuestra competitividad futura, que de momento anda por los suelos.

Para quien tenga curiosidad en ver el documental 2 millones de minutos y no quiera tragarse hora y media en inglés, existe un resumen en YouTube de trece minutos: parte 1 y parte 2.

Alumnos abandonados por sus padres

1 diciembre, 2010 - Leave a Response

¿Qué hace un director? me pregunta mi yerno, y no sé contestarle.
Por ejemplo, ayer:
Me avisan de una niña presa de un ataque de ansiedad, y me voy para allá. Llora, tiembla y no escucha. Una amiga intenta consolarla, y el orientador mira de calmarla. Pregunto y poco a poco me cuenta que tiene problemas, tiene dolores de cabeza desde que tuvo un accidente, está pendiente de un tack… Y llora y tiembla. No conseguimos calmarla. La amiga nos dice que era asmática. ¿Llamamos a tu casa? No, no quiere. Su madre se preocupará. No puede caminar, respira con dificultad. Dice que se ahoga. Un ataque de ansiedad, otro. Porque ha tenido varios a lo largo de este curso y el anterior. Decido avisar a una ambulancia para acompañarla a urgencias, que está media hora a llegar. Los dos técnicos se quedan con ella en una salita y nos dejan fuera. Aprovecho para llamar a la madre. Le explico de la forma menos dramática posible. Pero no puede venir a recoger a la niña. Dice que vive lejos y que no tiene coche, que quiere hablar con ella. Se enfada cuando le digo que no puede. Y así se prolonga la situación como media hora más. La niña, atendida por los enfermeros, nosotros en la escalera esperando, y la madre que llama y llama por teléfono. Al fin consigue hablar con la niña, y las dos se ponen a discutir por teléfono. La madre le dice que coja un bus y vaya a casa, o que nosotros la acompañemos a un hospital. Pero los técnicos de la ambulancia desaconsejan llevarla a urgencias porque es una manera de seguirle el juego a la niña, una vez calmada. Tira y aflojas, ahí está la niña insistiendo en ir a un hospital, y la mamá en que nos hagamos cargo de la hija. Son ya las tres del mediodía. Finalmente un profesor coge un taxi (el instituto paga) para acompañar a la niña a su casa, que se va a regañadientes.
A la mañana siguiente me la encuentro esperando para entrar, la mar de animada. Habla con sus amigos y fuma como si nada.

A la vista de que en la zona donde vive hay dos institutos que permitirían a la madre recogerla en el caso previsible de que se reproduzca una situación como este, consulto al inspector la posibilidad de un traslado. Me contesta que no. Solo puede hacerse a petición de la madre.
Por cierto, recuerdo que esta señora se negó a pagar la matricula. No tengo dinero, dijo.
Y así vamos.

Corregir no es corregir

30 noviembre, 2010 - Leave a Response

Los alumnos te esperan. Han hecho su examen y quieren saber si ya has corregido. Para ellos, sus papás y los mismos profes corregir equivale a detectar los errores y aciertos de tal forma que pueda darse una nota. Una nota que a lo mejor se suma a otras, para finalmente hacer media (ponderada o no) y finalmente evacuar LA NOTA de la evaluación o el curso.
Los alumnos, pero también los papás y los profes suman, restan, suben y bajan décimas, puntos, redondeos, primas por buena conducta… ¿No se parece a la Bolsa y su desfile de cotizaciones que tiene en vilo a los inversores?

En realidad, eso que llamamos corregir no es tal. Corregir significa modificar, reorientar, enmendar, subsanar, reformar, rehacer, modificar, retocar, reparar, perfeccionar. Pero cuando contamos (con abundantes anotaciones en rojo o no, sobre el examen o prueba o test) aciertos y errores lo único que hacemos es un diagnóstico. Señor alumno, usted tiene una salud de 3,5. Pero no hay indicaciones claras y precisas de tratamiento.
No corregimos sino que calificamos, de ahí que la mayoría de alumnos prescindan de las correcciones sobre su examen para dirigir toda su atención a la nota.

A veces he hecho la prueba.
Profe, ¿ya ha corregido los exámenes? Sí, digo, aquí los traigo. Y los reparto, llenos de correcciones pero sin calificación. Sin nota. Profe, no están corregidos, protestan.
No les interesan las correcciones sino la nota, porque el sistema escolar está fuertemente orientado hacia la titulación. Cumple una función (además de la de guardería) burocrática, por eso la nota es sagrada. Un profesor puede no ir a clase de tanto en tanto (en la pública), explicar mal o sencillamente no explicar, corregir sin criterio, ignorar el proyecto educativo… pero no puede dejar de poner las notas cuando llega la evaluación. No conozco un solo caso en que se haya producido tal rebelión.

Calificamos, no corregimos. De ahí que en las reuniones de evaluación se repitan los tópicos como en un disco rayado. Estudia poco, le faltan hábitos, tiene poca base, no presta atención, se despista. Fórmula universal que sirve para todos los alumnos que van más a o menos mal. Solución genérica que a nada compromete ni genera expectativas de cambio.
A pesar de lo cual, toda la parafernalia que envuelve el proceso de calificación (notas, medias, exámenes, subir nota, recuperación, trabajos, se porta mal, es un maleducado, negativos, amonestaciones…) es la referencia básica de la arquitectura escolar. La nota es su piedra filosofal.

Ratio por aula, ratio por profesor

20 noviembre, 2010 - Leave a Response

Si uno piensa que el profe de primaria suele tener unos 25 alumnos mientras que el de secundaria pelea con 100 o más, debe admitir que el famoso parámetro de la ratio puede resultar engañoso.
Suele aplicarse este indicador de calidad educativa a la relación alumnos/aula. Los padres se interesan por esta cifra mágica: ¿cuántos alumnos por aula tienen en este curso o en este colegio?
Quizás sirva para Primaria, pero en Secundaria el dato queda diluido frente a otra realidad: la cantidad total de alumnos a cargo de un profesor, que ronda entre 100 y 140 (cuatro o cinco grupos, a 25/30 alumnos por grupo)
En este sentido, la atención que puede dedicar el profe de Secundaria a sus alumnos se reduce drásticamente, y quizás sea este uno de los factores que explique el incremento crítico del fracaso escolar en el paso de 6º de Primaria a 1º de ESO, justo en una edad que exige más que nunca de un seguimiento cercano e individualizado.

El sistema educativo en Finlandia

18 noviembre, 2010 - Una respuesta

Un programa de Los reporteros de Canal Sur emitió este documental sobre “el sistema educativo mejor valorado del mundo”. 12 minutos que valen la pena.
Puedes verlo en la web de Canal Sur

Educación, disciplina y la dura realidad

18 noviembre, 2010 - Leave a Response

El sistema escolar como proveedor de conciencia nacional y entrenador de mano de obra sumisa a partir de un modelo homogeneizador y alienante. Fracaso escolar también es educar (más bien instruir) en una conducta que prohíbe la toma de decisiones. Profesores, guardianes del sistema.
El artículo es de José Alcántara, publicado en su blog Versus:

El sistema educativo en el que hemos estudiado la mayoría nace de finales del s. XVIII, comienzos del s. XIX. En plena revolución científica y, sobre todo, universalistatodos los niños debían estudiar lo mismo, para que todos supieran lo mismo– que pretendía otorgar al adulto que finalizara la educación una visión del mundo universal, uniformizada y compartida por todos. (Sí, adultos: ya sé que estudiaban menos años, pero también era adultos antes; conozco adolescentes irrepresibles con una edad que haría enmudecer a los adultos de quince años de hace dos siglos.)

En pleno nacimiento y auge de los nacionalismos europeos, al menos los que posteriormente se convirtieron en nacionalismos canónicos del continente, la educación pública no era tan sólo el modo de conseguir mano de obra capaz de manejar la creciente maquinaria requerida en las fábricas, sino la vía idónea para transmitir e imponer la consciencia de pertenencia a un grupo social difícilmente imaginable de no ser de esta forma: la nación. El objetivo no era emancipar a los obreros, ni formar clases dirigentes, autónomas, libres y dotadas de resolución: era formar súbditos capaces no ya de arar el campo, sino de trabajar el acero si hacía falta. Súbditos, además, capaces de morir por desconocidos, personas de las que nada sabe y con las que tan sólo comparte un malentendido y una imaginada pertenencia a una comunidad que en realidad no pasa de mero constructo intangible.

De ahí a aquí. A un ahora en el que por eso, y no por otra cosa, todos los niños estudian obligatoriamente lo mismo, lo mismo, hasta los 16 años. Hasta los 18 si deciden ir hasta el final del bachiller. Párense un momento ante lo irracional de tener a cientos de miles de niños estudiando exactamente lo mismo, alcanzando la edad adulta sin aprender a tomar decisiones (y, por tanto, sin aprender a equivocarse ni a levantarse tras los errores) cada año hasta los 18, sin importar que les gusten locamente la física, o los idiomas, o la pintura. Hay dos formas de ser injusto: tratar de forma diferente cosas que son iguales es la más obvia; la más sutil tiene otra forma y consiste en tratar igual cosas que son diferentes. Los niños son, a menudo, muy diferentes unos de otros: tienen diferentes inquietudes, intereses y pasiones que acabarán definiendo lo que harán cuando crezcan.

Pero tranquilos, que la cosa no para ahí: si deciden especializarse en la Universidad, estudiarán exactamente lo mismo que los otros 300 alumnos de su promoción: ríanse de la libre configuración cuando todos acaban cursando la totalidad de optativas del plan propio para rellenar el currículum. Cientos de titulados superiores salen del cascarón cada año con un trasfondo idéntico y sin experiencia alguna: sin la experiencia siquiera de cribar las asignaturas que se van a estudiar, muy limitada cuando no hay demasiadas optativas de más y acaban estudiándose la gran mayoría de todas las que ofertan.

En estas, como iba diciendo, estos días me iba encontrando referencias sobre educación, sistemas educativos y estas salsas. Encuentro desde los que se hacen la pregunta fundamental: ¿hay que cambiar los paradigmas educativos? hasta los que, como Juan Urrutia, recuerdan que tan sólo somos un ladrillo en el muro y que we dont need no thought control, no dark sarcasm in the classroom. A su vez, Bianka hila alrededor de estos temas y le nace es un post sobre disciplina y Goiri repasa en su blog los datos del sistema educativo español de modo exhaustivo y alcanza una inquietante conclusión: los medios destinados son suficientes para obtener todo lo que se pretenda, si el sistema educativo hace aguas es, quizá, porque ése era el objetivo inicial.

Unimos todo eso a la incapacidad del sistema educativo, tan castrado y limitado, tan ceñido a una anacrónica visión universal del mundo, de inculcar diligencia, seguridad ni curiosidad a las personas que, atravesándolo penosamente, gastan las dos primeras décadas de sus vidas.

No dejo de ver los, cada vez mayores, movimientos pro-colegios profesionales (tanto entre ingenieros informáticos como entre ingenieros químicos) y la exigencia de atribuciones legales como el reflejo de un miedo, a menudo bien fundado, por parte de los titulados: el miedo a no ser capaces de desempeñar la tarea para la que, se supone, se han preparado durante años. El miedo a que un hacker intruso (y agárrense a la semántica de combate que les indica, con el adjetivo, lo que deben pensar: intruso) que decidió aprender por su cuenta porque era feliz con ello, haya adquirido mejores o más útiles habilidades. El miedo a que el mercado laboral reconozca la incapacidad propia y el mérito ajeno y empiece a preguntar qué has hecho, en lugar de qué has estudiado. El miedo que nace de saberse exactamente igual de preparado –por tanto, reemplazable– a otros miles de personas, la consciencia de que el sistema es incapaz de aportar aquello que el alumno deberá aprender en otra parte cuando ya se han gastado dos décadas en el lugar equivocado, en un lugar donde eso no se aprende.

Miedos que nacen, en el entorno que conozco mejor, del reconocimiento implícito de una nueva consciencia emergida: la de que la Universidad española es incapaz de inculcar un mínimo de iniciativa, curiosidad o inventiva. En nadie (y el que sale con alguna, o todas, de estas cualidades a buen seguro ya las llevaba puestas). Miedo que se torna pavor ante la realidad de que la mítica de progreso social que nuestros padres atribuían a los estudios universitarios se viene abajo de forma irremediable.

Sí, ya va siendo hora de cambiar los paradigmas educativos.

[Y algún día hablaremos de cómo ser funcionario, a menudo profesor de secundaria, es la salida fácil para la gran mayoría de aquellos que, incapaces de enfrentarse a una sóla decisión e incapaces de soportar la más mínima frustración –ya que el sistema no les ha enseñado a resistir el más mínimo contratiempo–, hacen acopio de carácter y deciden estudiar disciplinadamente varios años más (y encima quejarse de ello). Una ocupación a la que mirar de frente, para tener una placita que les haga sentir seguros, en la insana creencia de que la inacción puede detener el derrumbe.]

Ken Robinson: las escuelas matan la creatividad

22 octubre, 2010 - Leave a Response


Sir Ken Robinson plantea de manera entretenida la necesidad de crear un sistema educativo que nutra (en vez de socavar) la creatividad. Conferencia TED2006

Nativos, náufragos y visionarios digitales

15 agosto, 2010 - Leave a Response

En el instituto de secundaria donde trabajo hemos implementado durante el curso pasado (y continuará este nuevo curso) un sistema de enseñanza basado en Internet.
Razones para abandonar el libro de texto:
1. Salud. ¿Cómo puede permitirse que un niño de 12 años cargue diariamente mochillas que pesan más que la de cualquier alpinista?
2. Sostenibilidad. ¿Por qué multiplicar el consumo de papel cuando puede accederse al material desde Internet?
3. Economía. ¿Por qué gastar cada alumno 100, 200 euros o más en libros de texto?
4. Pedagogía. El profesor crea su propio material, asumiendo su rol de maestro dinámico en vez del de repetidor mecánico de contenidos y ejercicios ajenos.
5. Actualización. El material se adapta a las noticias (ejemplos vivos) que pueda generar la actualidad.
6. Personalización. El material se adapta al nivel, intereses y contexto del grupo
7. Transparencia. Los padres y cualquier persona puede seguir el proceso educativo, que se muestra abierto en la web.
8. Multimedia. Fotos, canciones y vídeos
9. Interactividad. Feedback diario del material y actividades.
Etc

Hemos usado el formato blog (WordPress.com) como soporte de publicación y relación, completado con otro tipo de recursos (Google Docs, Google Groups, ejercicios en línea…) y tenemos proyectado acercarnos a Moodle como plataforma educativa.
Nuestra valoración (hemos participado tres profesores del ámbito lingüístico, coordinados en forma de reuniones semanales y actividades programadas conjuntamente) ha sido más positiva que la que han manifestado algunos alumnos y sus familias, entre los que hay división de opiniones. Lo que para los profesores con ganas e ideas puede resultar una aventura mucho más atractiva que la rutinaria clase de lo que toca hoy, para según que alumnos y papás se convirtió en un reto excesivo.

Aclaro que todos disponían en casa (o en alguna de ellas: es frecuente el caso de padres separados) de conexión a Internet, que los alumnos (12-13 años) se movían con familiaridad en Internet, y que en aula disponíamos de 10 ordenadores conectados y un proyector que permitía consultas comunes a gran pantalla.
Sin embargo, se evidenció desde el principio una brecha entre unos alumnos verdaderamente nativos digitales y otros analfabetos funcionales digitales. Para los primeros el aprendizaje de habilidades como subir fotos a Flickr, guardar un enlace en Delicious, abrir y gestionar un blog, añadir subtítulos a un vídeo de YouTube, crear un PowerPoint, moverse a través de Google Maps o Google Earth.. eran pan comido que devoraban con fruición, mientras que para los segundos suponía un esfuerzo agotador y frustrante.

Todos tenían cuenta de correo (la mayoría, Hotmail) que gestionan sin problemas, todos chatean y usan móvil, y casi todos tienen cuenta en Facebook o Tuenti. Pero esto no los convierte en usuarios activos de la red. Son consumidores de acuerdo al esquema pasivo de espectadores televisivos, que limita la interacción al manejo del mando a distancia y poco más. Para ellos, la experiencia en la red es inmediatista, no exige entrenamiento y está acotada al ocio. Y lo que salga de este perímetro suena a fastidioso.

Después está el burocratismo del propio sistema escolar, alérgico a cambios, sorpresas y propuestas abiertas. Aquí no hay caminos ni se hace camino al andar, sólo metas. Y valen todas las trampas y atajos para conseguir aprobar.
Internet es demasiado grande para orientarse en un viaje académico que se parece demasiado a los viajes organizados donde el cliente no tiene que elegir ni se interesa por lo que hay fuera de la ruta comprada.
Normal que algunos alumnos y papás sintiesen el vacío de no contar con un libro de texto, este lazarillo que refuerza la falsa confianza que proporciona saber qué-toca-hoy a lo largo de todo el curso.

Por todo esto, soy pesimista sobre la introducción de ultraportátiles en el aula. Hablo de mi aula, de las aulas de institutos públicos españoles. Regalar un ordenador me parece un gesto gratuito y hasta absurdo, típico de una mala comprensión del estado del bienestar.
En primer lugar, la mayoría de aulas no tienen el nivel de civismo que requiere el uso sistemático de un dispositivo electrónico. No deja de ser interesante que la administración no publique las otras cifras del fracaso escolar: me refiero a amonestaciones, expulsiones de aula o centro, retrasos y faltas de asistencia. Son realmente escandalosas.
En segundo lugar, la mayoría de alumnos no son nativos digitales sino muy superficialmente. Es necesario un plan previo de entrenamiento, que garantice que se aprovechará el ordenador en el aula en vez de convertirse en foco de problemas y conflictos (“me lo he dejado en casa”, “me lo han robado”, “se me ha caído y no funciona”, “se acabó la batería”, “no arranca”…)
En tercer lugar, la mayoría de profesores son adigitales. ¿Cómo podrán liderar en el aula una forma de aprendizaje que les resulta extraña y hasta incómoda?

(Variaciones personales sobre un tema que daría para mucho más, a partir de la lectura de ¿Nativos o náufragos digitales? Actitudes y competencias)

Publicado en ddg

Bus escolar para poner alumnos en modo turbo

15 agosto, 2010 - Leave a Response

Según CNN, un tipo en California ha tuneado un autobús escolar hasta ponerlo a 367 millas por hora (una velocidad de F1), ideal para que los alumnos que transporte lleguen al aula en estado de shock.

Faltan monitores, sobran predicadores

20 junio, 2010 - Una respuesta

Durante muchos años se nos ha repetido que los problemas educativos tenían un origen económico. “Hacen falta más inversiones, más recursos y más dinero”, repetían los sindicalistas y los expertos en no se sabe muy bien qué, pero el tiempo parece demostrar que la falta de recursos económicos no explica los dramáticos fracasos de nuestra enseñanza. Si sólo un cinco por ciento de los escolares de Primaria en Balears sabe resumir un texto, eso significa que un gran número de alumnos rozan el analfabetismo funcional, pero por alguna razón misteriosa los debates educativos sólo se centran en temas como la financiación o la lengua o la enseñanza de la Religión (como si la Religión pudiera enseñarse, dicho sea de paso). Y además, la izquierda intelectual que tanto protesta contra los crímenes franquistas guarda un inexplicable silencio sobre la enseñanza. El caso es que nadie parece fijarse en lo esencial y todo el mundo se aferra a los tópicos.
Para empezar, no se puede afirmar que el origen de los problemas sea la falta de financiación, porque la enseñanza pública recibe una ingente cantidad de recursos. Según leo en un artículo de Julián Ruiz-Bravo y Arturo Muñoz, en los centros educativos de ESO hay coordinadores de Medio Ambiente, de Solidaridad, de Lingüística, de Actividades Extraescolares, de Riesgos Laborales y de Convivencia. Es cierto que podría añadirse un coordinador de Ball de Bot y otro de Alimentación Macrobiótica, pero parecen muchos coordinadores para unos alumnos que terminan la Enseñanza Primaria sin ser capaces de resumir un texto muy simple con un mínimo de coherencia. ¿Para qué sirven los coordinadores de Riesgos Laborales? ¿Y los de Solidaridad? A lo mejor convendría que se pusieran a enseñar a sus alumnos a escribir una frase con sujeto, verbo y predicado. O a interpretar un cuento fantástico. O a resumir por escrito una película que hayan visto. O a memorizar una canción, aunque fuera un rap. O mejor aún, a inventarse un rap.
Mi impresión es que el problema más grave de la educación no es económico, sino de una pésima concepción global y de una lamentable falta de motivación, tanto por parte del profesorado como de los alumnos. Se enseñan demasiadas materias superfluas y se descuidan los conocimientos elementales. Cada vez que ayudo a mi hijo a hacer los deberes, me pregunto cómo puede interesarse por las materias que le hacen aprender. De los programas ha desaparecido la geografía física (montañas, ríos, lagos), que ha sido sustituida por un concepto nebuloso que recibe el nombre de “Conocimiento e Interacción con el mundo físico”, tras el cual se esconden temas como el alcantarillado o las elecciones municipales, materias apasionantes que harían dormirse de pie a un cocainómano. Y además está la obsesión enfermiza por lo próximo y lo autonómico. Para nuestros programadores educativos, por ejemplo, Lloseta es más importante que el río Amazonas, aunque cualquier niño normal se sienta fascinado por el río Amazonas y más bien desanimado por los atractivos –sin duda innegables– de Lloseta. Pero nuestras obsesiones identitarias nos llevan a estos absurdos. Algún día se deberá hacer un cálculo de los disparates educativos que se han cometido en nombre de la sagrada e intocable Identidad.
También creo que la selección del profesorado se hace con criterios erróneos. Mientras no se valoren la imaginación, el humor, el entusiasmo o la capacidad de improvisar, los alumnos tendrán que soportar a muchos profesores que no creen en lo que hacen ni sienten ningún interés por la materia que explican. Por suerte, guardo una imagen que es la mayor lección que se puede recibir en un centro educativo. La protagonizó el profesor Josep Antoni Grimalt, el día que entró en clase a toda prisa, acalorado y excitado porque acababa de comprar un libro de lingüística de Eugenio Coseriu. A mí no me gusta la lingüística, pero nunca olvidaré el gesto sensual con que el profesor Grimalt acariciaba el libro. “Ara, en sortir de classe, el començaré a llegir, i no em dormiré, estic segur, fins que l´hagi acabat”. Ese entusiasmo de un profesor vale por mil coordinadores de Riesgos Laborales, aunque estoy seguro que en nuestros centros educativos hay que soportar a mil coordinadores de Riesgos Laborales antes de encontrarse con un gesto tan simple como ése de acariciar un libro. ¿O no?

Eduardo Jordà: Los clichés de la enseñanza

De acuerdo en el diagnóstico: el fracaso escolar no tiene que ver con la inversión económica en la ineficiencia del sistema desde un punto de vista de optimización de recursos.
En desacuerdo con el tratamiento: no es cierto que se necesiten profesores más entusiastas. Ya me gustaría ver al doctor Grimalt en un aula de primaria o secundaria.
Este es un punto de vista típicamente universitario, culturalista o ideológico en el sentido negativo del término. Lo peor es que la mayoría de legislaciones se han hecho y se hacen desde este planteamiento ajeno a la realidad del aula.
Desde mi punto de vista, la clave del fracaso está en la absoluta falta de seguimiento. No hay control de calidad, caso único en el ámbito profesional. De ahí la impunidad, el secretismo, el abuso. Los gobiernos y administraciones educativas no ejercen su responsabilidad y se atrincheran detrás de estadísticas, sin intervenir ni siquiera en los casos más clamorosos y persistentes de abandono familiar o absentismo académico entre los profesores. Enseñanza gratuita a cambio de un pacto de silencio que se traduce en un ejercicio cotidiano de supervivencia.
Remedios:
1. Importar el sistema finlandés en el cual los maestros y profesores son escogidos y entrenados de forma específica y rigurosa. Aquí se escoge por baremo, o en una oposición que otorga la plaza de por vida.
2. Establecer mecanismos de seguimiento y jerarquías de confianza. Aquí nadie se atreve a valorar el trabajo de un profesor o denunciar formalmente a los padres que se inhiben y boicotean el trabajo de la escuela. Sobran inspectores, asesores y universitarios que digan cómo hay que enseñar, y faltan profesionales que entrenen a los profesores. No en cursos sino en el aula y con alumnos (vagos, indiferentes, absentistas, mal educados…) de verdad. Faltan monitores y sobran predicadores.